Estos días he flotado en un mar de la tranquilidad, un mar imperfecto por lo que de real era.

La desnudez de la tierra contrastaba con el agua del mar, una línea los separaba, no se fundíann ni contagiban. Esa línea guardaba su hermosura.

En un desayuno maravilloso leímos en el papel de un azucarillo que la escritura nos ayudaba a fijar el pensamiento. Este blog nació en parte con esa intención. Luego, también Matisse me dejó una reflexión similar: Hice esculturas porque lo que me interesaba en la pintura era poner orden en mi cerebro (…). Eso significa que era siempre para organizar (…). Era siempre para tomar posesión de mi cerebro. Tomar posesión de nuestro cerebro, qué sencilla exactitud.

Jamie Cullum, domingo 26 de julio, San Sebastián.

No sé si es cierto lo que dijo, que nunca había tocado en un sitio tan maravilloso como ese, la Plaza de la Trinidad de San Sebastián. Lo que sí es cierto es que, salvando la Plaza de la Quintana de Santiago de Compostela, yo nunca asistí a un concierto en un lugar tan fascinante.

Escuchar a Jamie Cullum fue la excusa para un fantástico viaje a Euskadi, afortunadamente, el concierto formó parte de la fantasía de esos días. El pequeño Jamie entró dándolo todo ante un público que lo esperaba ansioso y que estaba entregado a él desde el primer momento. Eso puede ser positivo y negativo a un tiempo, pues creo que el artista debe ganarse al público y no encontrarse a su entrada con una masa rendida a él, cabe que no dé el cien por cien y que nosotros lleguemos a aceptar mediocridades. Por otro lado, demostrar sin tapujos nuestra admiración puede incentivar al artista, hacer que agradezca con un excelente trabajo nuestra entrega a él. Jamie Cullum la montó desde el principio, sacó lo que parecían todos sus ases en la primera canción: energía, saltos, excentricidades, salto desde el piano, tirada de banqueta…¿y luego qué? Luego más y bueno.

Querría haber escuchado más jazz, eso sí, pero fue más pop. Me quedo sobre todo con su voz, potente, limpia. Y entre otros momentos, con los juegos de What A Difference a Day Made; con sus conversaciones con el público, destacando su imitación de Clint Eastwood y su excelente Gran Torino, y con el increíble momento en el que bajó con la banda a tocar Caravan en medio del público. En medio, literalmente en medio del público, sin cordón de seguridad ni gaitas, allí mismo, en la línea de nuestra fila, en la oscuridad de la noche iluminado por un foco, animando a la gente, bailando, dejando oír a sus músicos, cantando sin micro a las gradas, transformando el auditorio.

Y me quedo, además, con los pequeños detalles: estómagos haciendo la digestión de bocatas de tortilla sabrosísimos, miradas chispeantes y borrachas de música, letras de canciones susurradas con emoción; amigos, al fin y al cabo, allí, en la Plaza de la Trinidad de San Sebastián.