Las algas llegaron a mi mar de la tranquilidad y me envolvieron. Las algas de Verano y humo (Summer and Smoke, 1949), de Tennessee Williams.

Hace tiempo una compañera me comentó que las obras de Tennessee Williams eran asfixiantes y creo que es un adjetivo acertadísimo para describir sus dramas.

Es la primera obra de este autor que leo, otras las he visto en el cine o el teatro (La gata sobre el tejado de zinc, La noche de la iguana, El reino de la tierra), y es que últimamente parece que tengo ganas de textos dramáticos. Y sí, en todas ellas el adjetivo “asfixiante” encaja perfectamente.

Es una obra cargada de un fuerte simbolismo y en la que los personajes, sobre todo los protagonistas, están magistralmente trazados. Los intercambios son geniales, el uso de la suspensión, lo que no se dice, cómo las conversaciones pueden ir en paralelo sin tocarse y conformar un todo diferente y significativo.

El personaje de Alma es maravilloso; triste, patético y  maravilloso. El autor hace mucho hincapié en describir cómo son sus gestos, su risita característica, insistiendo en que no debe exagerarse, pues la sutileza de la risa define al personaje. Alma me resulta cercana, una mujer determinada por su entorno y por las circunstancias de la vida, algo anacrónica e ingenua, pero de una ingenuidad falsa. Alma sabe, pero hace como si no supiese, se protege, pienso, creando un mundo que no existe, pero que controla. La llegada de un elemento desestabilizador la desborda paulatinamente hasta ahogarla por completo y cambiar todo el cuadro, hasta el punto de que las tornas varían y ella se convierte en la única víctima de todo el drama. El egoísmo de John se transforma en más egoísmo si cabe al quedar impune en la obra, en una, así lo veo yo, “injusticia poética”; y es curioso, pues esta situación se ve reforzada por el hecho de que él cambia verdaderamente, pero arrastra, al hacerlo, a Alma, que queda perdida, flotando perdida.

Antes de la obra, a modo de prólogo, el autor hace unas breves anotaciones de cómo concibe él la escenografía de la pieza. Resulta simpático (sí, es una palabra un poco pobre), porque lo hace de una manera tan sencilla y artesana, que no pude evitar pensar vaya, hasta los autores encumbrados tienen pensamientos simples :). Pensé, al leerlo, en uno de mis primeros trabajos de carrera en el que proponía un modo de iluminación a una obra teatral barroca. Y era tan estúpida mi propuesta, tan fuera de contexto, tan hablar sin tener los conocimientos y las herramientas para hacerlo, que ahora, en la distancia, no deja de resultar estúpido y delicioso. Delicioso, sí, claro.

Verano y humo, verano+humo…¿ no es igual a asfixia?

Estos días ha estado nadando en mi mar de la tranquilidad un pez fascinante que inyecta veneno ardiente…un escarapote o faneca brava, Las brujas de Salem (The Crucible, 1952), del dramaturgo norteamericano Arthur Miller.

La primera obra que leí de este autor fue Muerte de un viajante, que también me cautivó en su momento. Más tarde, hace un par de años, tuve la oportunidad de ver la representación de Las brujas de Salem en el Teatro Español de Madrid. Fue mi primer encuentro con este clásico de la dramaturgia contemporánea. Si hubiera cursado estudios en un instituto estadounidense, llevaría en mi maleta la lectura de esta obra;  llevo otras: Lorca, Valle, Buero…Son lecturas que nos conectan con nuestra tradición literaria y que crean un pequeño bagaje que compartir con nuestros contemporáneos.

Las brujas de Salem es, sobre todo, una obra de una fuerza poderosísima y de un estilo bello. El autor gradúa la intensidad de las escenas con una maestría absoluta, conformando los clímax con una claridad y ligereza pasmosas. Los personajes están perfectamente moldeados, humanísimos en sus odios, dudas, venganzas, mentiras, abnegaciones.

El fanatismo y la hipocresía de la pequeña localidad de Salem que conduce a la ejecución de decenas de miembros de la comunidad es plenamente transportable a cualquier época de la historia, al presente, el nuestro, no hace falta ir más lejos.  Los juicios de moral, la exageración y pérdida de perspectiva de la realidad, la cegazón, la frustración e impotencia ante la malinterpretación y falseamiento de la verdad, todas estas situaciones se nos hacen familiares, ya sea como víctimas… o como verdugos.