Tres rosas amarillas, del estadounidense Raymond Carver, es una compilación hecha por Anagrama de siete relatos que formaron parte de la antología del propio autor Where I’m calling from (1988) y que se publicaron como libro unitario con el título de Elephant and Other Stories en Inglaterra en el mismo año. El título del libro corresponde al del último de los relatos recogidos.

Esta lectura llegó a mis manos en forma de regalo; hay personas que por agradecimiento a una invitación llevan vino o flores; otros, libros. Me gusta que me regalen libros y más si cabe, libros que me hablen de la persona que me los regaló. Raymond Carver se une a la estela que dejó el año pasado Richard Ford y ambos autores estarán ligados para mí a ese amigo hasta que mi memoria aguante.

Los relatos de Carver se nos presentan como incursiones en la vida del narrador protagonista, en un fragmento, una etapa breve de su vida. Nos abre la puerta, nos cuenta una anécdota, desaparece. Ni principio ni fin, tampoco conclusión. Retazos vitales. Varios de esos yoes, si bien distintos, manifiestan trazos comunes: alcoholismo en el pasado, divorcios a las espaldas, separaciones familiares, precariedad laboral, nuevas relaciones…Hay mucha normalidad en los personajes de estos cuentos, que nos sitúan en una realidad nada dulcificada, pero sin llegar a la crudeza aunque sí bordeen la acritud.

El relato que más se diferencia del resto es justamente el que da título a la antología, Tres rosas amarillas, una pequeña joya, en donde un narrador en tercera persona nos habla de los últimos días de Chéjov. Se trata de una reconstrucción de sus últimos momentos, en la que no sólo hay datos biográficos, conseguidos a través de diarios y cartas, sino también la recreación de sentimientos y sensaciones que contribuyen a elaborar una atmósfera cautivadora.

Hay buena narración en estos cuentos.

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Catro rochas achéganse paseniñamente no meu mar da tranquilidade. Bailan en círculo, mecéndose ao compás do vento mareiro.

Unha bonita escapada (2010), da francesa Anna Gavalda (léase Gavaldá) é unha novela breve de familia e complicidade, de inspiración de instantes que se presinten últimos. Tres irmáns que se reúnen para unha voda deciden fuxir dos convencionalismos e marchar en busca do cuarto irmán para pasar un par de días de liberdade e infancia. A narradora, a desordeada Garange, desgrana en fermosas enumeracións a historia dos mosqueteiros, e así, a elegancia e sensibilidade de Lola, a contención de Simon, a música de Vicent son as engranaxes dunha fraternidade vital que se presenta como cimento da existencia dos catro nunha etapa de tránsito, un encontro de inevitable despedida dun tempo feliz.

Temos a música e os escritores. Camiños, mans, goridas. Ronseis de estrelas pintadas nos recibos das tarxetas de crédito, páxinas arrincadas, recordos felices e recordos horribles. Cancións, refráns na punta da lingua. Mensaxes arquivados, libros de trucos, osiños de chocolate e discos raiados. A nosa infancia, as nosas soidades, as nosas primeiras emocións e os nosos proxectos de futuro. Todas aquelas horas de “tenme en conta da porta” e uniformes obrigados.

Unha bonita escapada é iso, unha lectura bonita, unha pequena escapada para estes días de verán.

De improviso, sobre mi mar de la tranquilidad pasó un cometa al que contemplé fascinada en su fugacidad.

Las batallas en el desierto (1981), del mexicano José Emilio Pacheco, Premio Cervantes 2009, es una novela breve (brevísima, 77 páginas). Carlos rememora su infancia en un barrio venido a menos de DF y el momento en que se enamoró de la madre de su mejor amigo Jim, hecho que provocaría una concatenación de exageraciones e incongruencias en su entorno ante el desconcierto y la incomprensión del protagonista.

Pero esta novelita es muchísimo más, cuánto más. Toda la crónica de una época y de un país, el México de los años 40. El mundo recién salido de la Segunda Guerra Mundial, las luchas ideológicas, la corrupción de la clase política, los bandos enfrentados, el mundo conocido que se deshace y que cambia velozmente, el progreso deshumanizado, el imperialismo estadounidense, las normas sociales y religiosas asfixiantes, el machismo, la lucha de clases, el crecimiento y el aprendizaje, la intolerancia, el descubrimiento, el conocimiento de uno mismo…Las batallas en el desierto es de esos libros que te ofrece un universo entero en tan sólo unas páginas. Tanto y tan bien y en tan poco.

Y está, además, el estilo y el léxico. Libro que rueda en tus manos, sencillo. Y en esa sencillez, lo mismo que en su temática, diversidad en las modalizaciones narrativas. La enumeración como recurso en los primeros capítulos; un, dos, tres y ahí tienes una imagen completa y exhaustiva de ese presente inestable. Y los extranjerismos que te hacen palpar ese cambio del que el protagonista es testigo.

La obra se abre con una cita de L. P. Hartley: “The past is a foreign country. They do things differently there” (algo así como “El pasado es un país extranjero. Allí se comportan de manera diferente”). Esta cita es el libro, qué elección más certera.

Nadei no meu mar da tranquilidade e encarameime nunha rocha; púxenme de pé e divisei ao lonxe un barco de pescadores, aló en mares que non pertencen a ninguén. O vento movía o meu pelo mollado e eu podía ver.

 Bilbao-New York-Bilbao (2008), do vasco Kirmen Uribe é unha narración emotiva sobre a construcción dunha novela e sobre a historia de tres xeracións de dúas familias vinculadas polo mar e pola terra que os viu nacer. Por unha banda, a familia do narrador: avós, pais e neto. Pola outra, a familia dun arquitecto sobre a que o narrador investiga; ambas as dúas, familias que teñen puntos de conexión dende aquela xeración no primeiro tercio do século XX.

 Nesta obra, chea dunha sensibilidade e sinxeleza no narrar que me cautivou, combínanse diferentes tipos de textos: diarios, cartas, contos, poemas, textos informativos e explicativos, entrevistas, conversas…, que nos amosan, na súa variación, un mundo que cambia e que incluso se perde, o mundo que o narrador ansía chegar a coñecer e comprender para deixar constancia del, e conseguir, deste modo, que non se esqueza totalmente.

 Os tres tempos e a historia das dúas familias están moi ben engarzados, nesos desenvolvementos nos que unha comprende nas últimas liñas a cuadratura perfecta do que se pretende comunicar. Por iso, na maioría dos capítulos a lectora remata suspirando, case que acariñando a páxina.

 Os barcos que saen do porto, a espera, a dureza do traballo no mar, a guerra, a emigración, os enigmas, as claves, a familia, a viaxe. Todo isto, e máis, é o que atopei nesta novela. E ese narrador próximo, tan sensíbel ao humano, tan de verdade.

En mi mar de la tranquilidad me encuentro, de vez en cuando, con viejos amigos. Me gusta, de vez en cuando, contemplar de nuevo cómo las ondas generan otras ondas, o más bien, cómo estas se generan por otras ondas.

Paul Auster, o el heredero de las cajas chinas, Un hombre en la oscuridad (Man in the dark, 2008). El protagonista de esta novela es un escritor mayor que acaba de sufrir un accidente y se recupera en casa de su hija. Con ellos se encuentra también la nieta veinteañera. Los tres personajes están atravesando una etapa dramática en sus vidas, pues él, además del accidente, acaba de enviudar, su hija está recién separada y la nieta intenta sobreponerse de la muerte violenta de su novio en Irak.

Auster nos sitúa en una casa donde reina el dolor, pero donde el amor familiar se erige como el sostén de todos. La historia se desarrolla por la noche, el peor momento del día, pues el insomnio es compañero fiel de las tres generaciones. Mientras la hija escribe sobre Rose Hawthorne, hija de Nathaniel Hawthorne (uno de los escritores queridos de Auster), la nieta ve películas antiguas como parte de un proyecto personal todavía informe sobre la importancia de los objetos en el desarrollo de las historias. El abuelo pulula entre ambas, animando y compartiendo, comentando y analizando con ellas sus descubrimientos. Y cuando se acuesta para intentar dormir, crea historias para vencer la negrura que lo rodea. Él es el hombre en la oscuridad. Así, imagina la historia de un joven mago que se ve transportado a una realidad paralela en la que Estados Unidos no ha vivido los atentados del 11 de septiembre, pero en la que se ha desarrollado una guerra de secesión que ha roto la unidad de los estados federales y ha conllevado la independencia de varios de ellos. El propio escritor se sitúa como personaje de la historia, un demiurgo que ha de ser destruido para que la paz vuelva a reinar en el país.

Esta no es la única historia que depende de la narración principal en la novela de Auster. Están las películas que nieta y abuelo visualizan, las anécdotas de Rose, la historia personal de la vida del escritor que este le cuenta a su nieta en una especie de legado familiar o las historias de violencia que otros le han contado.

Un hombre en la oscuridad es, por tanto, una matrioska total en la que, sobre todo, he disfrutado con el buen narrar de Auster. En cambio, me han parecido excesivas tantas cajitas, pues la novela, en cierto momento, deja de serlo para convertirse en una miscelánea de textos que, si bien, no son incoherentes, sí los percibo como algo descohesionados en el tramo final.

En un momento dado, el mago, que nunca ha dedicado mucho tiempo a leer, comienza a hacerlo y lo hace con buen criterio. Sus favoritos, dice el narrador, eran, por ejemplo, Camus o Faulkner. Leo Un hombre en la oscuridad como un diario de anotaciones de Auster, de sus gustos y preferencias, por el que pasean autores y títulos relevantes que lo han formado como el escritor que es y más allás de eso, como el hombre que le gusta manifestar que es.

El agua se abre al compás de mis brazadas y la observo en su apertura. Nado y miro el elemento por el que avanzo. Observo mis manos mojadas separando el fluído. Con dificultad, intento entender aquello que hago.

En el 40 aniversario de la muerte de Albert Camus leo La caída (La chute, 1956). Recuerdo que cuando estaba leyendo El extranjero, se lo comenté a mi padre y él dijo como para sí: “Qué bien escribía”. Y creo que nadie me habló tan bien de un escritor ni fue tan preciso como él entonces.

Para mí leer a Camus es gozar con la palabra y adentrarme en un pensamiento lúcido, preciso y valiente. Cuando lo leo, me siento, además,  conectada con la historia y la literatura contemporánea, con los escritores para los que es una lectura referencial y con los miles de lectores para los que es un autor de cabecera. Leer a Camus se convierte así en una cuestión cultural.

El narrador protagonista de La caída dialoga en Amsterdam con un trasunto de sí mismo en un monólogo que comprende toda la obra. Capítulo a capítulo va desgranando el porqué de su actual estado y el significado de su profesión, la de juez-penitente. Son las últimas páginas las que nos revelan, en una especie de deducción detectivesca final, las claves del entramado de pensamiento de toda la novela.

A lo largo de las páginas este personaje, que abandona la abogacía para optar por un nuevo camino, entona un mea culpa en el que se reconoce como un hombre que consideraba el halago como el motor de su existencia, comportándose, así, como el más generoso y modélico de los seres en su afán de conseguir la admiración que esto le comportaba. El narrador disecciona cada una de sus actuaciones con una minuciosidad de cirujano. ¿Y qué hace ahora en un antro portuario holandés? Un hecho de su vida anterior le hace replantearse el significado de sus acciones y cínicamente, se convierte en juez de sí mismo para poder serlo de los demás.

En uno de los relatos de El Aleph de Borges, “Deutsches Requiem”, el protagonista, un militar nazi a punto de morir ejecutado por sus crímenes, reconoce que para que la ideología nazi pueda continuar viva son necesarios ciertos sacrificios, entre ellos la propia muerte de sus líderes, la caída del III Reich e incluso el hundimiento de Alemania. No es con su muerte ni con los castigos de guerra con los que el nacionalsocialismo se erradicará, no; la causa es mayor que ellos mismos, de la que son meros peones. Por eso, el militar recibe la muerte con tranquilidad, ya que la sabe relevante y necesaria; no se trata, pues, de una derrota, sino de un triunfo. Bien, cuando leía el final de La caída,  me vino este relato de Borges a la cabeza. El protagonista de la novela de Camus se ve a sí mismo por encima del bien y del mal. Hay mucho regocijo en la plasmación de esta idea, y también mucha frialdad. La asunción clara de la falta de consecuencias, de un después para nuestros actos no deja de admirarme en la obra de Albert Camus. Y no porque lo comparta, sino porque lo plasma con una solidez y una coherencia digna de elogio. Consigue que todo cuadre, que no haya flecos en el camino, sabiendo, además, y de esto habla el propio narrador, lo difícil que es ser consecuente incluso para los pensadores que se confiesan ateos.

Camus, qué bien escribe.

Un baño lixeiro no meu mar da tranquilidade, unhas brazadas, apenas entrar e saír. Pero sempre o baño é refrescante.

A primeira vez que souben de Kitchen (Kitchen, 1987), da xaponesa Banana Yoshimoto, foi nunhas xornadas de clubs de lectura a propósito da súa tradutora, Mona Imai.

A protagonista desta novela breve é unha rapaza que, tras a morte da súa avoa, marcha a vivir durante uns meses á casa dun coñecido e da nai deste. A obra está dividida en dúas partes: a primeira trata do tempo que a rapaza pasa na casa da que se ha converter na súa nova e única familia. A segunda, xa fóra da casa, a evolución da súa relación co rapaz tras un feito traumático para ambos os dous.

Kitchen é Kitchen pola presenza da cociña na obra. A cociña non tanto como arte culinaria, senon como lugar. Non é esta, pois, unha historia de alimentos percibidos por todos os sentidos, literatura deliciosa por outra banda, senon unha historia onde a cociña é lugar de acubillo, protector e cálido. Isto gustoume, a cociña como lugar para cociñar é transformado pola protagonista tamén en dormitorio ou sala de estar.

Unha amiga, nun novo arte de facer comedias, di que para os sentimentos, os xaponeses. Nesta pequena obra (pequena en extensión e calidade) hai delicadeza e levedade. E moita naturalidade en toda a historia, sobre todo, para min o mellor, no tratamento do estrano personaxe da nai do rapaz.

Un chapuzón agradable.