Encaramada en la roca de mi mar de la tranquilidad, contemplé, en cuclillas, mi reflejo en el agua y allá en el fondo, detrás de mi yo borroso, otras caras, otras mujeres.

El velo (The veil) es una novela gráfica de El Torres y Gabriel Hernández. No tenía ninguna referencia sobre él, pero me llamó la atención la ilustración de la portada y en fin, una cosa llevó a la otra. Chris Luna es una muchacha que tiene la facultad de ver fantasmas. Vive del dinero o los bienes que las almas que han muerto trágicamente le proporcionan en pago por ayudar o encaminar a otros, por ejemplo la policía, hacia la resolución de sus problemas. La protagonista posee este extraño poder desde que sobrevivió en su adolescencia a un trágico accidente de tren en su ciudad natal. Desde entonces convive traumáticamente con esa pesadilla. Una herencia familiar la devuelve a su lugar de origen; es allí donde se desencadenan unos hechos terribles y Chris Luna tendrá que impedir que el mundo de los muertos rompa el velo que lo separa del mundo de los vivos.

Lo que más me gustó del libro es aquello que me llamó de él: la ilustración. Los dibujos de Gabriel Hernández son maravillosos, difuminados pero al mismo tiempo detallistas, en una gama, sobre todo, de ocres, rojos y negros en plena consonancia con la irrealidad del tema, con el tenebrismo, el terror, la confusión de la historia. Ésta no es demasiado original, el cine y la televisión nos ofrecen continuamente relatos sobrenaturales de visión o contacto con el más allá, pero ¿qué es lo original? ¿buscamos originalidad en las historias? Amar, vivir, morir…¿los grandes temas son originales? La primera parte de la obra (se trata de una recopilación de cuatro historietas) es más detectivesca, me gustó más por ello, hacia el final se vuelve demasiado escabrosa y se enreda en exceso, dejando de lado la simple resolución de un caso y pasando a rozar lo demoniaco.

Mientras la leía pensé que si esta novela gráfica la pillara M. Night Shyamalan, el de El sexto sentido, algo bueno haría con ella, seguro.

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No meu mar da tranquilidade había un pez fermoso ao que eu nunca me achegara. Mirábao de cando en vez, sabía da súa existencia, ata llo amosara a outros. Eles dicíanme que bracease canda el pois o encontro me fascinaría. Entón, por fin, nadei ao seu carón, rocei as súas escamas, e estas quedaron clavadas na miña pel.

 Maus. Relato dun supervivinte (1980-1991), de Art Spiegelman, é unha novela gráfica que todo o mundo debería ler. É a historia do pai do autor, xudeu polaco que padeceu a loucura xerada polo nazismo antes e durante a Segunda Guerra Mundial. Como reza o título e a historia dun superviviente desa barbarie, dende que Polonia foi ocupada polos alemáns ata as secuelas vitais que o ían acompañar en toda a súa vida como exiliado en EEUU, pasando polas súas experiencias espeluznantes en Auschwitz. Entre medias, o suicidio da nai, a incomprensión do pai, a relación paterno-filial deteriorada, o desexo de deixar constancia do vivido por parte do fillo, o testemuño do pai.

 Maus é unha novela que foi premiada, entre outros, co premio Pulitzcher en 1992 e segundo se di (eu non teño a bagaxe necesaria para confirmalo) marcou un antes e un despois no mundo do cómic. Podo crelo sen esforzo. A narración é cautivadora, sólida, coherente, fluida. Enrédate dende o comezo e pese a dureza do tratado, gostei dela enormemente. É brillante a decisión de animalizar as personaxes: gatos fronte a ratos, e logo porcos e tamén cans, para marcar as culturas ou as ideas. As máscaras que disfrazan a verdade, unha volta de parafuso impresionante.

 Cando un sobrevive, que queda del? Acostumados a un The End aparentemente feliz xa que o protagonista conseguiu esquivar á morte, esta obra fainos ser conscientes do despois, das mutilacións vitais, membros fantasmas que sempre, sempre acompañan e marcan non só aos supervivintes, senon tamén aos achegados. Esta é a histoira do pai que sobrevive ao odio, e a do fillo que sobrevive ao pai. Unha supervivencia triste a de ambos os dous.

 He estado demasiado tiempo alejada de mi mar de la tranquilidad y la marejada-fuerte marejada se ha dejado notar brevemente en mi vida. Ahora que la mar está rizada retomo el disfrute mirando desde una roca.

Cada vez que voy a la librería echo un vistazo en la S de Sáez para ver si salió a la venta un nuevo libro o si se oferta una nueva edición “remasterizada”. Y cuando un día entras con prisa sin hacer la comprobación pertinente y descubres el ejemplar anhelado en novedades, oh, oh, qué agradable sensación.

Yo, otro libro egocéntrico de Juanjo Sáez (2010) es, como el propio monigote de Juanjo Sáez anuncia en la contraportada, “Algo así como Viviendo del cuento 2”; “Colección Basura nº 1”; “Rollo introspectivo”; “Una entrevista conmigo mismo”;“Una recopilación de tiras de prensa. Lo mejor y lo peor sin miedo”; “Un reto personal”; “Cómo me echaron de los MEJORES DIARIOS DE ESPAÑA”. Todo esto es presentado, igual que efectivamente el genial Viviendo del cuento, como un monólogo o confesión personal de Juanjo Sáez acerca de, sobre todo, su carrera como dibujante, con la peculiaridad, en este caso, de la creación de una especie de alter ego oscuro que con agria sinceridad se encarga de romper los momentos catárticos, victimistas o sensibleros del diálogo de Sáez con el lector. Así, frente al anuncio del contenido del libro de la contraportada, ese alter ego apostilla: “En este libro hay trabajos realmente malos de Juanjo Sáez”, “Chincha”.

Creo que en la obra hay recopilada mucha basurilla, aunque esto es algo que asume el autor (“Colección Basura nº 1”), lo que desluce un poco el conjunto, que resulta irregular. Es cierto que encuentro placentero leer “cualquier cosa” de Sáez, pero también aprecio, claro está, lo mejor que puede darme. Sea como sea, sus viñetas y sus confesiones son tan entrañables y es tan humano el mundo que retrata que yo se lo perdono todo. Además, cuidado, en la obra hay viñetas geniales, ese humor infantil que, como dice un colega sobre él mismo “ojalá no pierda nunca”, y creaciones, en definitiva, redondas, como, por ejemplo, esta:

EXPERIENCIA MÍSTICA (tira publicada en El Periódico de Cataluña)

Viñeta 1: El año pasado fuimos a ARGENTINA

V2: Estuve muy emocionado durante todo el viaje, sobretodo (sic) cuando vi que mi libro estaba en el escaparate de algunas TIENDAS

V3: (fotografía de un escaparate mostrando Viviendo del cuento)

V4: Nos sentamos a tomar algo en una TERRAZA. Era Primavera.

V5: Y en ese momento sonó “MEDITERRÁNEO” de SERRAT y se me puso la piel de gallina/ al otro lado del mundo suena una canción sobre nosotros

 Argentina, Viviendo del cuento, Mediterráneo de Serrat, las faltas de ortografía, su querida Vane acompañándolo…es que yo a este chico me lo como.

 

Mi mar de la tranquilidad es a veces un espejo de otros mares. Espejos dentro de espejos, mango telescópico de escoba para altas.

Uno de esos reflejos es la novela gráfica Me acuerdo. Beirut (Je me souviens. Beyrouth, 2009), de la libanesa Zeina Abirached. Esta obra forma parte de la colección [sin_nosotras] (ed.[sins_entido] ), que agrupa creaciones de mujeres.

A través de una serie de recuerdos, la autora nos traslada al Beirut de los años 80-90 de su infancia y adolescencia, compartiendo con nosotros el día a día de un país en guerra, muy desconocido más allá de ese violento pasado. Su barrio, sus vecinos, las fronteras, la familia, la moda, la música…recuerdos que, en muchas ocasiones, son muy próximos, entrañables en su proximidad.

En el túnel de espejos concatenados que abre Zeina Abirached están el libro de George Perec Me acuerdo y también la Persépolis de Marjane Satrapi. Y para mí, como cada uno establece su túnel reflectante, están también el blog Acórdome de una gallega desconocida, el Líbano de Maruja Torres y las ilustraciones de mi libro de Lengua castellana de 2º de E.G.B. … de las que todavía me acuerdo.

Porque me pierdo en las ilustraciones de esta obra, las miro y las remiro, tratando de entender cómo fueron hechas, dónde empieza y termina el trazo, dónde el blanco, dónde el negro. Espirales en los cabellos como caracolillos infantiles, fideos. ¿Cómo podemos acordarnos de ciertas cosas? ¿Por qué quedan en nuestra memoria? ¿Por qué se quedaron esos dibujos en la mía? ¿Qué fibra tocaron, qué clic hicieron saltar, qué potestad tenían para abrir ciertas puertas?

Me gustó el libro, no me parece un hermano menor de Persépolis. Pero claro que sí, comparten un color, un sexo y un dolor por la tierra herida. Cuando lo leía, me daba cuenta, de nuevo, de lo poco que conozco el mundo en el que vivo, de lo cimentada que está mi mirada en los tópicos, de que gente lejana también recuerda las uñas largas y multicolores de Florence Griffith, que todas las cintas de casete hacen, clic-clic, un ruidito cuando las agitas.

A veces permito nadar en mi mar de la tranquilidad a elementos extraños, peces raros. Es lo que me ocurrió con Mi pequeño (Mon fiston, 2006), del belga Olivier Schrauwen.

Mi pequeño…o cómo caer como una pardilla ante un vendedor hábil y guapo.

Mi pequeño está formado por varias historias breves que giran en torno a la paternidad, desde el nacimiento del hijo hasta su crecimiento, pasando por sus primeras palabras y otras anécdotas sucedidas en diferentes lugares de la ciudad. Y esta pequeña descripción es lo más coherente que podemos encontrar en la obra, pues se trata de una pieza surrealista. Nada por tanto de realismo, de paternidad responsable ni de niños adorables estilo Anne Geddes. Para nada.

Tengo una amiga a la que le fastidia que el adjetivo surrealista se aplique indiscriminadamente a todo aquello que sólo es raro, estrafalario o incomprensible. Esta obra es surrealista. Y claro, el surrealismo no es fácil de digerir, creo que es necesario tener la mente muy abierta. Esta es una obra incómoda y cruel, con fogonazos geniales, de enredos oníricos y absurdos. ¿Me gustó? Pues…sí, en el fondo sí me gustó. Me pareció incómoda, genial y absurda.

Es una obra que me hizo plantearme lo poco acostumbrada que estoy a este tipo de lectura y lo difícil que me resulta leerla y aceptarla. Porque la leo con rechazo, intentando cambiarla, intentando buscar coherencia porque es a lo que estoy hecha. Me descubro riéndome con los chistes fáciles que son los que mejor comprendo, pero que no son en absoluto lo mejor de la obra; procurando descubrir un final que dé la vuelta a todo lo leído y que me permita seguir viviendo en un mundo comprensible y normal.

Parece que no tengo esa mente abierta que estas obras necesitan, no es una sorpresa, pero siempre me entristece un poco corroborarlo.

Al mar de la tranquilidad llegan también botellas de un pasado no muy lejano, traídas por mareas recientes, la marea de Piltrafilla

Este fin de semana me enteré de que las botellas que se lanzan por mis costas llegan a Francia, ¿de dónde proceden las botellas que llegan a Galicia? En este caso de Cataluña, y dentro, como uno de esos barcos construidos en el interior por manos hábiles (no las mías), Viviendo del cuento, de Juanjo Sáez (Barcelona, 1972).

Cómo disfruté leyendo el Diario sobre 10 años de profesión de este joven ilustrador y diseñador gráfico. Y qué carcajadas me eché sola en la cocina (cualquier sitio es bueno para leer). Las risas en soledad son geniales, a veces parece que la carcajada abierta necesita complicidad y cuando me descubro partiéndome o llorando de risa me encanta, porque compruebo lo auténtico que es ese humor que no necesita el acicate de un compañero de aventuras.

Soy fan de los monigotes ingenuos del autor, de su letra infantil, de sus tachones y también de sus faltas de ortografía. Leo con cariño la emotividad que destilan sus textos, sus chispazos de ingenio, la blancura de sus críticas, sus cobardías al encontrarse en un bar con los personajes a los que antes ha acribillado en sus tiras de fanzine. Las referencias a su familia son tan amorosas, que no puedo evitar desear que me encantaría que fuera mi colega (la historia de su yaya y de la relación de esta con la muerte es antológica).

La primera obra que leí de él fue El Arte. Conversaciones imaginarias con mi madre, otro libro altamente recomendable. Agradecí sus explicaciones sobre autores contemporáneos, a los que te acerca de una forma muy sensititiva y didáctica. Ambos libros desmitifican muchos tópicos de nuestra modernidad, de ese mundo de gafapastas que tanto me atrae pero que es tan superficial, esa generación cool tan igual a aquello de lo que quiere diferenciarse.

La sinceridad de una expresión sencilla y amable, que desmonta de un plumazo las apariencias y las frivolidades.

Mi mar de la tranquilidad está poblado por diferentes seres. A algunos de ellos les encanta garabatear en los bares. Piltrafilla Funny Misshapen Body, 2009) es una novela gráfica del estadounidense Jeffrey Brown (Michigan, 1975), publicada en Ediciones La Cúpula.

Nunca fui una gran lectora de comics, de hecho, apenas los leía hasta hace un par de años. Recuerdo, eso sí, los de mi infancia: Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Tintín, Axterix, alguna cosa de Los cuatro fantásticos y con especial cariño, Lucky Luke. Pero después, durante muchos años, me sentí bastante ajena a todo este mundo, tanto que incluso no sabía ni cómo acercarme a él. Ahora que lo escribo…, sí, creo que fue una cuestión de acercamiento. Y de pronto llegó la FNAC a nuestras vidas coruñesas y sus secciones de sírvete-tú-misma y ahí empecé yo a rebuscar en las estanterías sin la mirada inquisidora de un dependiente que juzgara mis ingenuas y vacilantes elecciones. En definitiva, así fue cómo descubrí la novela gráfica y me enganché.

De todas ellas, mis preferidas son las autobiográficas. Y mira que la autobiografía es un género que no me gusta fuera de esto, ¿eh?, pero aquí, sí. Piltrafilla es una novela que habla acerca de la formación del autor, que conecta el gusto de su infancia por los dibujos y el cómic con la elección última de esto como profesión, después de varios tumbos e intentos en el camino de las bellas artes. Su dibujo es sencillo, de apariencia infantil, blanco y negro en viñeta pequeña.

Aunque me gustó y difruté leyéndola, esperaba que me entusiasmara más y no fue así. Por momentos me pareció repetitiva y algo monótona. También algo desordenada, pero eso es algo que el autor ya sabía que me iba a pasar, pues contesta a esto en las respuestas finales a posibles preguntas de los lectores: “Supongo que no estoy intentando contar una historia…”. Y efectivamente lo podemos leer así, como una sucesión de impresiones al hilo de lo que le va dictando su conciencia.

En el capítulo titulado “Sobre pintura”, varios profesores someten la obra del protagonista a una crítica en la que le interrogan, entre otras cuestiones, sobre el tamaño y el color de sus creaciones: ¿por qué no más grande? ¿por qué no más color? Y él sigue dibujando pequeño y en blanco y negro. Nuestras apreciaciones, ¿hasta qué punto son constructivas?, y si lo son, ¿qué intentamos construir? Creo que tendemos a hacer que el otro imite lo nuestro, porque es lo que conocemos; a veces nos asusta vislumbrar en el otro una originalidad que no poseemos y darle carta blanca para que la desarrolle, porque eso supone reconocer que aquel puede caminar solo. Y en esto último está la verdadera maestría, ¿no? Dar independencia y quedarte en el camino. O para que no sea tan triste, en otro camino.