No meu mar da tranquilidade había un pez fermoso ao que eu nunca me achegara. Mirábao de cando en vez, sabía da súa existencia, ata llo amosara a outros. Eles dicíanme que bracease canda el pois o encontro me fascinaría. Entón, por fin, nadei ao seu carón, rocei as súas escamas, e estas quedaron clavadas na miña pel.

 Maus. Relato dun supervivinte (1980-1991), de Art Spiegelman, é unha novela gráfica que todo o mundo debería ler. É a historia do pai do autor, xudeu polaco que padeceu a loucura xerada polo nazismo antes e durante a Segunda Guerra Mundial. Como reza o título e a historia dun superviviente desa barbarie, dende que Polonia foi ocupada polos alemáns ata as secuelas vitais que o ían acompañar en toda a súa vida como exiliado en EEUU, pasando polas súas experiencias espeluznantes en Auschwitz. Entre medias, o suicidio da nai, a incomprensión do pai, a relación paterno-filial deteriorada, o desexo de deixar constancia do vivido por parte do fillo, o testemuño do pai.

 Maus é unha novela que foi premiada, entre outros, co premio Pulitzcher en 1992 e segundo se di (eu non teño a bagaxe necesaria para confirmalo) marcou un antes e un despois no mundo do cómic. Podo crelo sen esforzo. A narración é cautivadora, sólida, coherente, fluida. Enrédate dende o comezo e pese a dureza do tratado, gostei dela enormemente. É brillante a decisión de animalizar as personaxes: gatos fronte a ratos, e logo porcos e tamén cans, para marcar as culturas ou as ideas. As máscaras que disfrazan a verdade, unha volta de parafuso impresionante.

 Cando un sobrevive, que queda del? Acostumados a un The End aparentemente feliz xa que o protagonista conseguiu esquivar á morte, esta obra fainos ser conscientes do despois, das mutilacións vitais, membros fantasmas que sempre, sempre acompañan e marcan non só aos supervivintes, senon tamén aos achegados. Esta é a histoira do pai que sobrevive ao odio, e a do fillo que sobrevive ao pai. Unha supervivencia triste a de ambos os dous.

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Nadei no meu mar da tranquilidade e encarameime nunha rocha; púxenme de pé e divisei ao lonxe un barco de pescadores, aló en mares que non pertencen a ninguén. O vento movía o meu pelo mollado e eu podía ver.

 Bilbao-New York-Bilbao (2008), do vasco Kirmen Uribe é unha narración emotiva sobre a construcción dunha novela e sobre a historia de tres xeracións de dúas familias vinculadas polo mar e pola terra que os viu nacer. Por unha banda, a familia do narrador: avós, pais e neto. Pola outra, a familia dun arquitecto sobre a que o narrador investiga; ambas as dúas, familias que teñen puntos de conexión dende aquela xeración no primeiro tercio do século XX.

 Nesta obra, chea dunha sensibilidade e sinxeleza no narrar que me cautivou, combínanse diferentes tipos de textos: diarios, cartas, contos, poemas, textos informativos e explicativos, entrevistas, conversas…, que nos amosan, na súa variación, un mundo que cambia e que incluso se perde, o mundo que o narrador ansía chegar a coñecer e comprender para deixar constancia del, e conseguir, deste modo, que non se esqueza totalmente.

 Os tres tempos e a historia das dúas familias están moi ben engarzados, nesos desenvolvementos nos que unha comprende nas últimas liñas a cuadratura perfecta do que se pretende comunicar. Por iso, na maioría dos capítulos a lectora remata suspirando, case que acariñando a páxina.

 Os barcos que saen do porto, a espera, a dureza do traballo no mar, a guerra, a emigración, os enigmas, as claves, a familia, a viaxe. Todo isto, e máis, é o que atopei nesta novela. E ese narrador próximo, tan sensíbel ao humano, tan de verdade.

 He estado demasiado tiempo alejada de mi mar de la tranquilidad y la marejada-fuerte marejada se ha dejado notar brevemente en mi vida. Ahora que la mar está rizada retomo el disfrute mirando desde una roca.

Cada vez que voy a la librería echo un vistazo en la S de Sáez para ver si salió a la venta un nuevo libro o si se oferta una nueva edición “remasterizada”. Y cuando un día entras con prisa sin hacer la comprobación pertinente y descubres el ejemplar anhelado en novedades, oh, oh, qué agradable sensación.

Yo, otro libro egocéntrico de Juanjo Sáez (2010) es, como el propio monigote de Juanjo Sáez anuncia en la contraportada, “Algo así como Viviendo del cuento 2”; “Colección Basura nº 1”; “Rollo introspectivo”; “Una entrevista conmigo mismo”;“Una recopilación de tiras de prensa. Lo mejor y lo peor sin miedo”; “Un reto personal”; “Cómo me echaron de los MEJORES DIARIOS DE ESPAÑA”. Todo esto es presentado, igual que efectivamente el genial Viviendo del cuento, como un monólogo o confesión personal de Juanjo Sáez acerca de, sobre todo, su carrera como dibujante, con la peculiaridad, en este caso, de la creación de una especie de alter ego oscuro que con agria sinceridad se encarga de romper los momentos catárticos, victimistas o sensibleros del diálogo de Sáez con el lector. Así, frente al anuncio del contenido del libro de la contraportada, ese alter ego apostilla: “En este libro hay trabajos realmente malos de Juanjo Sáez”, “Chincha”.

Creo que en la obra hay recopilada mucha basurilla, aunque esto es algo que asume el autor (“Colección Basura nº 1”), lo que desluce un poco el conjunto, que resulta irregular. Es cierto que encuentro placentero leer “cualquier cosa” de Sáez, pero también aprecio, claro está, lo mejor que puede darme. Sea como sea, sus viñetas y sus confesiones son tan entrañables y es tan humano el mundo que retrata que yo se lo perdono todo. Además, cuidado, en la obra hay viñetas geniales, ese humor infantil que, como dice un colega sobre él mismo “ojalá no pierda nunca”, y creaciones, en definitiva, redondas, como, por ejemplo, esta:

EXPERIENCIA MÍSTICA (tira publicada en El Periódico de Cataluña)

Viñeta 1: El año pasado fuimos a ARGENTINA

V2: Estuve muy emocionado durante todo el viaje, sobretodo (sic) cuando vi que mi libro estaba en el escaparate de algunas TIENDAS

V3: (fotografía de un escaparate mostrando Viviendo del cuento)

V4: Nos sentamos a tomar algo en una TERRAZA. Era Primavera.

V5: Y en ese momento sonó “MEDITERRÁNEO” de SERRAT y se me puso la piel de gallina/ al otro lado del mundo suena una canción sobre nosotros

 Argentina, Viviendo del cuento, Mediterráneo de Serrat, las faltas de ortografía, su querida Vane acompañándolo…es que yo a este chico me lo como.

En mi mar de la tranquilidad me encuentro, de vez en cuando, con viejos amigos. Me gusta, de vez en cuando, contemplar de nuevo cómo las ondas generan otras ondas, o más bien, cómo estas se generan por otras ondas.

Paul Auster, o el heredero de las cajas chinas, Un hombre en la oscuridad (Man in the dark, 2008). El protagonista de esta novela es un escritor mayor que acaba de sufrir un accidente y se recupera en casa de su hija. Con ellos se encuentra también la nieta veinteañera. Los tres personajes están atravesando una etapa dramática en sus vidas, pues él, además del accidente, acaba de enviudar, su hija está recién separada y la nieta intenta sobreponerse de la muerte violenta de su novio en Irak.

Auster nos sitúa en una casa donde reina el dolor, pero donde el amor familiar se erige como el sostén de todos. La historia se desarrolla por la noche, el peor momento del día, pues el insomnio es compañero fiel de las tres generaciones. Mientras la hija escribe sobre Rose Hawthorne, hija de Nathaniel Hawthorne (uno de los escritores queridos de Auster), la nieta ve películas antiguas como parte de un proyecto personal todavía informe sobre la importancia de los objetos en el desarrollo de las historias. El abuelo pulula entre ambas, animando y compartiendo, comentando y analizando con ellas sus descubrimientos. Y cuando se acuesta para intentar dormir, crea historias para vencer la negrura que lo rodea. Él es el hombre en la oscuridad. Así, imagina la historia de un joven mago que se ve transportado a una realidad paralela en la que Estados Unidos no ha vivido los atentados del 11 de septiembre, pero en la que se ha desarrollado una guerra de secesión que ha roto la unidad de los estados federales y ha conllevado la independencia de varios de ellos. El propio escritor se sitúa como personaje de la historia, un demiurgo que ha de ser destruido para que la paz vuelva a reinar en el país.

Esta no es la única historia que depende de la narración principal en la novela de Auster. Están las películas que nieta y abuelo visualizan, las anécdotas de Rose, la historia personal de la vida del escritor que este le cuenta a su nieta en una especie de legado familiar o las historias de violencia que otros le han contado.

Un hombre en la oscuridad es, por tanto, una matrioska total en la que, sobre todo, he disfrutado con el buen narrar de Auster. En cambio, me han parecido excesivas tantas cajitas, pues la novela, en cierto momento, deja de serlo para convertirse en una miscelánea de textos que, si bien, no son incoherentes, sí los percibo como algo descohesionados en el tramo final.

En un momento dado, el mago, que nunca ha dedicado mucho tiempo a leer, comienza a hacerlo y lo hace con buen criterio. Sus favoritos, dice el narrador, eran, por ejemplo, Camus o Faulkner. Leo Un hombre en la oscuridad como un diario de anotaciones de Auster, de sus gustos y preferencias, por el que pasean autores y títulos relevantes que lo han formado como el escritor que es y más allás de eso, como el hombre que le gusta manifestar que es.

El agua se abre al compás de mis brazadas y la observo en su apertura. Nado y miro el elemento por el que avanzo. Observo mis manos mojadas separando el fluído. Con dificultad, intento entender aquello que hago.

En el 40 aniversario de la muerte de Albert Camus leo La caída (La chute, 1956). Recuerdo que cuando estaba leyendo El extranjero, se lo comenté a mi padre y él dijo como para sí: “Qué bien escribía”. Y creo que nadie me habló tan bien de un escritor ni fue tan preciso como él entonces.

Para mí leer a Camus es gozar con la palabra y adentrarme en un pensamiento lúcido, preciso y valiente. Cuando lo leo, me siento, además,  conectada con la historia y la literatura contemporánea, con los escritores para los que es una lectura referencial y con los miles de lectores para los que es un autor de cabecera. Leer a Camus se convierte así en una cuestión cultural.

El narrador protagonista de La caída dialoga en Amsterdam con un trasunto de sí mismo en un monólogo que comprende toda la obra. Capítulo a capítulo va desgranando el porqué de su actual estado y el significado de su profesión, la de juez-penitente. Son las últimas páginas las que nos revelan, en una especie de deducción detectivesca final, las claves del entramado de pensamiento de toda la novela.

A lo largo de las páginas este personaje, que abandona la abogacía para optar por un nuevo camino, entona un mea culpa en el que se reconoce como un hombre que consideraba el halago como el motor de su existencia, comportándose, así, como el más generoso y modélico de los seres en su afán de conseguir la admiración que esto le comportaba. El narrador disecciona cada una de sus actuaciones con una minuciosidad de cirujano. ¿Y qué hace ahora en un antro portuario holandés? Un hecho de su vida anterior le hace replantearse el significado de sus acciones y cínicamente, se convierte en juez de sí mismo para poder serlo de los demás.

En uno de los relatos de El Aleph de Borges, “Deutsches Requiem”, el protagonista, un militar nazi a punto de morir ejecutado por sus crímenes, reconoce que para que la ideología nazi pueda continuar viva son necesarios ciertos sacrificios, entre ellos la propia muerte de sus líderes, la caída del III Reich e incluso el hundimiento de Alemania. No es con su muerte ni con los castigos de guerra con los que el nacionalsocialismo se erradicará, no; la causa es mayor que ellos mismos, de la que son meros peones. Por eso, el militar recibe la muerte con tranquilidad, ya que la sabe relevante y necesaria; no se trata, pues, de una derrota, sino de un triunfo. Bien, cuando leía el final de La caída,  me vino este relato de Borges a la cabeza. El protagonista de la novela de Camus se ve a sí mismo por encima del bien y del mal. Hay mucho regocijo en la plasmación de esta idea, y también mucha frialdad. La asunción clara de la falta de consecuencias, de un después para nuestros actos no deja de admirarme en la obra de Albert Camus. Y no porque lo comparta, sino porque lo plasma con una solidez y una coherencia digna de elogio. Consigue que todo cuadre, que no haya flecos en el camino, sabiendo, además, y de esto habla el propio narrador, lo difícil que es ser consecuente incluso para los pensadores que se confiesan ateos.

Camus, qué bien escribe.

Un baño lixeiro no meu mar da tranquilidade, unhas brazadas, apenas entrar e saír. Pero sempre o baño é refrescante.

A primeira vez que souben de Kitchen (Kitchen, 1987), da xaponesa Banana Yoshimoto, foi nunhas xornadas de clubs de lectura a propósito da súa tradutora, Mona Imai.

A protagonista desta novela breve é unha rapaza que, tras a morte da súa avoa, marcha a vivir durante uns meses á casa dun coñecido e da nai deste. A obra está dividida en dúas partes: a primeira trata do tempo que a rapaza pasa na casa da que se ha converter na súa nova e única familia. A segunda, xa fóra da casa, a evolución da súa relación co rapaz tras un feito traumático para ambos os dous.

Kitchen é Kitchen pola presenza da cociña na obra. A cociña non tanto como arte culinaria, senon como lugar. Non é esta, pois, unha historia de alimentos percibidos por todos os sentidos, literatura deliciosa por outra banda, senon unha historia onde a cociña é lugar de acubillo, protector e cálido. Isto gustoume, a cociña como lugar para cociñar é transformado pola protagonista tamén en dormitorio ou sala de estar.

Unha amiga, nun novo arte de facer comedias, di que para os sentimentos, os xaponeses. Nesta pequena obra (pequena en extensión e calidade) hai delicadeza e levedade. E moita naturalidade en toda a historia, sobre todo, para min o mellor, no tratamento do estrano personaxe da nai do rapaz.

Un chapuzón agradable.

La espesura ha entrado en mi mar de la tranquilidad y he disfrutado nadando lentamente entre sus aguas. No ha sido un chapuzón, ha sido un baño terapéutico, concienzudo.

Mientras agonizo (As I Lay Dying, 1930), de William Faulkner, es mi primer acercamiento a la obra de este autor estadounidense y no he podido quedar más satisfecha de ello.

La novela narra el viaje que una familia del sur de los Estados Unidos realiza para enterrar a la madre en su pueblo natal y la obcecación con la que llevan a cabo dicho cometido.

El punto de vista de la narración es el de la perspectiva múltiple, cada uno de los capítulos está narrado en primera persona. Por un lado, el patriarca y los cuatro hijos: tres varones y una mujer. Por otro, diversos vecinos y personajes reacionados con las tramas secundarias. También la madre tiene voz en la narración.

Tanto la técnica narrativa como la ambientación son para mí los elementos más salientables en la obra. Mientras agonizo es una lectura morosa, de ritmo muy lento, una historia que me vi paladeando quedamente. Esa lentitud representa no sólo la agonía inicial de la madre moribunda, sino la agonía de la muerta por ver cumplida su última voluntad, una locura que la familia emprende, movidos sobre todo por la terquedad irracional del padre. Parad, parad, basta ya, regresad, puedes llegar a pensar mientras la lees. Pero no, no hay parada.

Las diferentes voces introducen historias tangenciales, duras como el territorio que atraviesan, como la pobreza que los envuelve, el subdesarrollo que los ahoga. Así aparecen relaciones extramatrimoniales, hijos bastardos, enfrentamientros fraternales, embarazos no deseados, accidentes laborales, sueños irrealizables.

Calor. Abanicos. Lluvias torrenciales. Carretas. Pasteles. Caballos. Trenes de juguete. Herramientas. Música.

Alta literatura.