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No meu mar da tranquilidade hai citas periódicas. Coloco ben as cunchas para encontrarme con vellos amigos.

“Ti es un misterio, querida -dixo a nai, e Grady, mirando desde o outro lado da mesa a través dun centro de rosas e fento, sorriu con indulxencia: son un misterio, si, e compraceuse na idea”. Así se inicia Cruceiro de verán, de Truman Capote, e con estas palabras toca a miña vaidade pois tamén eu me teño compracido cando me descobren e falan dunha parte íntima de min da que me sinto orgullosa e que coquetamente non divulgo.

Unha moza de dezasete anos queda soa durante un verán en Nova York mentres os seus pais fan unha viaxe a Europa. Nesa decisión hai intereses ocultos que rápido se van desvelando. A dobre vida da protagonista permítenos adentrarnos na sociedade ben americana posterior á Segunda Guerra Mundial cos seus modos frívolos de cócteles, apartamentos nas grandes avenidas, bailes e chismes e nos modos dunha clase humilde de familias numerosas, talleres, revistas e partidos de béisbol. Todo na mesma gran cidade pero ben separado, distante como o tempo que leva ir en metro de Manhattan a Brooklyn. Pero o xogo do desexo constrúe unha historia que se escapa das mans, que se inicia coa ledicia e coa levedade da falta de miras e se vai cargando polo peso da realidade.

A voz narrativa vai saltando dun sitio a outro e consigue traspasar como a propia historia a capa superficial das apariencias para afondar no profundo, facendo que a humanidade agrome nesa casa de bonecas artificial que Grady crea nese caluroso verán.

Cara a metade da obra, descubro un fragmento revelador sobre as diferencias de clase:

“Pois o certo era que os Manzer eran unha familia (…). Pertencíalles a eles, aquela vida, aqueles cuartos; e eles pertencíanse os uns aos outros (…). Para Grady (…) aquela era unha atmosfera estraña, cálida, mesmo exótica. Así e todo, non era unha atmosfera que ela escollería para si: as presións abafantes e ineludibles da intimidade cos outros axiña a habían murchar: o seu sistema requiría o clima frío e exclusivo da individualidade. Non tiña reparo en dicir: son rica, o diñeiro é a illa en que vivo; dado que avaliaba na súa xusta medida o valor daquela illa, era consciente de que naquel terreo estaban as súas raíces; e por causa do diñeiro sempre se podía permitir as mudanzas: casas, mobles, persoas. Se os Manzer entendían a vida de xeito diferente, era porque non foran educados para aquelas vantaxes: víanse compensados cun maior apego ao pouco que si tiñan, e non había dúbida de que para eles o ritmo da vida e da morte soaba nun tambor máis pequeno, pero máis concentrado”.

A conciencia do que unha é, a onde pertence, a conciencia de cal é o sinal da súa pertenenza a ese sitio e o que conleva: a mudanza, todo se compra e todo se vende, todo é lixeiro, tamén efémero, pouco estable porque é pasaxeiro e non chega a ter nunca o calado suficiente para permanecer. Mais iso é unha marca e esta si é indeleble. Aí está o pouso da educación. Como zafarse del? Pódese? Mellor, quérese?

Resultado de imagen de los modlin paco gómez fracaso booksEn mi mar de la tranquilidad avisto tres rocas. En una pinta una mujer. En otra un hombre posa vestido de algas. En la tercera un adolescente tañe una caracola.

Los Modlin parece el nombre de una familia creada por Muchachada Nui. Los Modlin y sus tribulaciones. Pero no lo son. Aunque sí hay tribulaciones, como en todas las familias.

Un noche de 2003, el fotógrafo Paco Gómez encuentra un tesoro entre la basura de una calle de Malasaña: un conjunto de fotografías que miradas con atención dejan ver la repetición de tres personas, una mujer, un hombre y un joven. El hallazgo reposa un tiempo y el azar hace que paulatinamente el autor vaya tejiendo su historia. Resulta ser una familia americana, los Modlin, que vivieron en Madrid desde finales de los 60 hasta su muerte, entre finales de los 90 y principios del actual milenio: Margaret, una pintora próxima al surrealismo, “la mejor pintora del Apocalipsis de todos los tiempos”, su marido Elmer, escritor y actor secundario, y el hijo de ambos Nelson, modelo, doblador y empresario.

En su libro, Paco Gómez nos cuenta los resultados de la investigación que llevó a cabo desde el descubrimiento de las fotografías hasta la publicación de este libro, los testimonios y documentos que aquí y allá le fueron ayudando a conformar la historia de esta familia que le subyugó y que se hizo un hueco en su vida a lo largo de varios años.

Lo que más me gustó no fue la historia de la familia (verdaderamente, “una” historia de la familia Modlin, la que crea Paco Gómez a partir de los diferentes datos, ¿la verdadera? Posiblemente no, eso no me importa), sino la historia de una búsqueda, de una obsesión, la historia de cómo un hecho de nuestra vida puede ser anodino o trascendental dependiendo de cómo queramos mirarlo o más bien de cómo estemos dispuestos a tratarlo. También la historia de la necesidad de cortar, de poner un fin a las historias y de la dificultad de hacerlo, porque el fin es arbitrario y personal.

Las fotografías son maravillosas. En un momento de la obra, el autor habla sobre la belleza de las fotografías cotidianas, no artísticas, las fotografías de documentos, las que se hacen solo para dejar constancia de algo. Me hizo pensar en eso. Curiosamente, el libro que había leído antes que este estaba protagonizado por un fotógrafo y en él se narraban los montajes de tres obras fotográficas (Tabú, Ferdinand von Schirach). Me resultó interesante contrastar ambos procesos y me resultaron cautivadores los dos.

En una parte de la obra, el autor da cuenta de uno de sus innumerables hallazgos y comenta: “Era un acto inútil, pero me llenaba de alegría”. Qué sencillez tan bonita y tan honesta. En estos tiempos en los que lo útil y lo práctico nos abruman, ¿nuestras vidas no están acaso dotadas de sentido por lo aparentemente inútil?

 

 

Mi mar de la tranquilidad sigue en su sitio, aunque me ha costado llegar a él. Han pasado siete años desde mi última navegación y la vista atrás del conjunto de esos años sobre todo me genera sorpresa. Sorpresa de que no me hayan salido aletas o bránqueas, de que no haya sido capaz de respirar debajo del agua o de que sí me haya convertido en sirena y no me haya dado cuenta.

El caso es que aquí estoy. En el mismo sitio. O no.

Tres rosas amarillas, del estadounidense Raymond Carver, es una compilación hecha por Anagrama de siete relatos que formaron parte de la antología del propio autor Where I’m calling from (1988) y que se publicaron como libro unitario con el título de Elephant and Other Stories en Inglaterra en el mismo año. El título del libro corresponde al del último de los relatos recogidos.

Esta lectura llegó a mis manos en forma de regalo; hay personas que por agradecimiento a una invitación llevan vino o flores; otros, libros. Me gusta que me regalen libros y más si cabe, libros que me hablen de la persona que me los regaló. Raymond Carver se une a la estela que dejó el año pasado Richard Ford y ambos autores estarán ligados para mí a ese amigo hasta que mi memoria aguante.

Los relatos de Carver se nos presentan como incursiones en la vida del narrador protagonista, en un fragmento, una etapa breve de su vida. Nos abre la puerta, nos cuenta una anécdota, desaparece. Ni principio ni fin, tampoco conclusión. Retazos vitales. Varios de esos yoes, si bien distintos, manifiestan trazos comunes: alcoholismo en el pasado, divorcios a las espaldas, separaciones familiares, precariedad laboral, nuevas relaciones…Hay mucha normalidad en los personajes de estos cuentos, que nos sitúan en una realidad nada dulcificada, pero sin llegar a la crudeza aunque sí bordeen la acritud.

El relato que más se diferencia del resto es justamente el que da título a la antología, Tres rosas amarillas, una pequeña joya, en donde un narrador en tercera persona nos habla de los últimos días de Chéjov. Se trata de una reconstrucción de sus últimos momentos, en la que no sólo hay datos biográficos, conseguidos a través de diarios y cartas, sino también la recreación de sentimientos y sensaciones que contribuyen a elaborar una atmósfera cautivadora.

Hay buena narración en estos cuentos.

Catro rochas achéganse paseniñamente no meu mar da tranquilidade. Bailan en círculo, mecéndose ao compás do vento mareiro.

Unha bonita escapada (2010), da francesa Anna Gavalda (léase Gavaldá) é unha novela breve de familia e complicidade, de inspiración de instantes que se presinten últimos. Tres irmáns que se reúnen para unha voda deciden fuxir dos convencionalismos e marchar en busca do cuarto irmán para pasar un par de días de liberdade e infancia. A narradora, a desordeada Garange, desgrana en fermosas enumeracións a historia dos mosqueteiros, e así, a elegancia e sensibilidade de Lola, a contención de Simon, a música de Vicent son as engranaxes dunha fraternidade vital que se presenta como cimento da existencia dos catro nunha etapa de tránsito, un encontro de inevitable despedida dun tempo feliz.

Temos a música e os escritores. Camiños, mans, goridas. Ronseis de estrelas pintadas nos recibos das tarxetas de crédito, páxinas arrincadas, recordos felices e recordos horribles. Cancións, refráns na punta da lingua. Mensaxes arquivados, libros de trucos, osiños de chocolate e discos raiados. A nosa infancia, as nosas soidades, as nosas primeiras emocións e os nosos proxectos de futuro. Todas aquelas horas de “tenme en conta da porta” e uniformes obrigados.

Unha bonita escapada é iso, unha lectura bonita, unha pequena escapada para estes días de verán.

De improviso, sobre mi mar de la tranquilidad pasó un cometa al que contemplé fascinada en su fugacidad.

Las batallas en el desierto (1981), del mexicano José Emilio Pacheco, Premio Cervantes 2009, es una novela breve (brevísima, 77 páginas). Carlos rememora su infancia en un barrio venido a menos de DF y el momento en que se enamoró de la madre de su mejor amigo Jim, hecho que provocaría una concatenación de exageraciones e incongruencias en su entorno ante el desconcierto y la incomprensión del protagonista.

Pero esta novelita es muchísimo más, cuánto más. Toda la crónica de una época y de un país, el México de los años 40. El mundo recién salido de la Segunda Guerra Mundial, las luchas ideológicas, la corrupción de la clase política, los bandos enfrentados, el mundo conocido que se deshace y que cambia velozmente, el progreso deshumanizado, el imperialismo estadounidense, las normas sociales y religiosas asfixiantes, el machismo, la lucha de clases, el crecimiento y el aprendizaje, la intolerancia, el descubrimiento, el conocimiento de uno mismo…Las batallas en el desierto es de esos libros que te ofrece un universo entero en tan sólo unas páginas. Tanto y tan bien y en tan poco.

Y está, además, el estilo y el léxico. Libro que rueda en tus manos, sencillo. Y en esa sencillez, lo mismo que en su temática, diversidad en las modalizaciones narrativas. La enumeración como recurso en los primeros capítulos; un, dos, tres y ahí tienes una imagen completa y exhaustiva de ese presente inestable. Y los extranjerismos que te hacen palpar ese cambio del que el protagonista es testigo.

La obra se abre con una cita de L. P. Hartley: “The past is a foreign country. They do things differently there” (algo así como “El pasado es un país extranjero. Allí se comportan de manera diferente”). Esta cita es el libro, qué elección más certera.

Encaramada en la roca de mi mar de la tranquilidad, contemplé, en cuclillas, mi reflejo en el agua y allá en el fondo, detrás de mi yo borroso, otras caras, otras mujeres.

El velo (The veil) es una novela gráfica de El Torres y Gabriel Hernández. No tenía ninguna referencia sobre él, pero me llamó la atención la ilustración de la portada y en fin, una cosa llevó a la otra. Chris Luna es una muchacha que tiene la facultad de ver fantasmas. Vive del dinero o los bienes que las almas que han muerto trágicamente le proporcionan en pago por ayudar o encaminar a otros, por ejemplo la policía, hacia la resolución de sus problemas. La protagonista posee este extraño poder desde que sobrevivió en su adolescencia a un trágico accidente de tren en su ciudad natal. Desde entonces convive traumáticamente con esa pesadilla. Una herencia familiar la devuelve a su lugar de origen; es allí donde se desencadenan unos hechos terribles y Chris Luna tendrá que impedir que el mundo de los muertos rompa el velo que lo separa del mundo de los vivos.

Lo que más me gustó del libro es aquello que me llamó de él: la ilustración. Los dibujos de Gabriel Hernández son maravillosos, difuminados pero al mismo tiempo detallistas, en una gama, sobre todo, de ocres, rojos y negros en plena consonancia con la irrealidad del tema, con el tenebrismo, el terror, la confusión de la historia. Ésta no es demasiado original, el cine y la televisión nos ofrecen continuamente relatos sobrenaturales de visión o contacto con el más allá, pero ¿qué es lo original? ¿buscamos originalidad en las historias? Amar, vivir, morir…¿los grandes temas son originales? La primera parte de la obra (se trata de una recopilación de cuatro historietas) es más detectivesca, me gustó más por ello, hacia el final se vuelve demasiado escabrosa y se enreda en exceso, dejando de lado la simple resolución de un caso y pasando a rozar lo demoniaco.

Mientras la leía pensé que si esta novela gráfica la pillara M. Night Shyamalan, el de El sexto sentido, algo bueno haría con ella, seguro.

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