En mi mar de la tranquilidad me encuentro, de vez en cuando, con viejos amigos. Me gusta, de vez en cuando, contemplar de nuevo cómo las ondas generan otras ondas, o más bien, cómo estas se generan por otras ondas.

Paul Auster, o el heredero de las cajas chinas, Un hombre en la oscuridad (Man in the dark, 2008). El protagonista de esta novela es un escritor mayor que acaba de sufrir un accidente y se recupera en casa de su hija. Con ellos se encuentra también la nieta veinteañera. Los tres personajes están atravesando una etapa dramática en sus vidas, pues él, además del accidente, acaba de enviudar, su hija está recién separada y la nieta intenta sobreponerse de la muerte violenta de su novio en Irak.

Auster nos sitúa en una casa donde reina el dolor, pero donde el amor familiar se erige como el sostén de todos. La historia se desarrolla por la noche, el peor momento del día, pues el insomnio es compañero fiel de las tres generaciones. Mientras la hija escribe sobre Rose Hawthorne, hija de Nathaniel Hawthorne (uno de los escritores queridos de Auster), la nieta ve películas antiguas como parte de un proyecto personal todavía informe sobre la importancia de los objetos en el desarrollo de las historias. El abuelo pulula entre ambas, animando y compartiendo, comentando y analizando con ellas sus descubrimientos. Y cuando se acuesta para intentar dormir, crea historias para vencer la negrura que lo rodea. Él es el hombre en la oscuridad. Así, imagina la historia de un joven mago que se ve transportado a una realidad paralela en la que Estados Unidos no ha vivido los atentados del 11 de septiembre, pero en la que se ha desarrollado una guerra de secesión que ha roto la unidad de los estados federales y ha conllevado la independencia de varios de ellos. El propio escritor se sitúa como personaje de la historia, un demiurgo que ha de ser destruido para que la paz vuelva a reinar en el país.

Esta no es la única historia que depende de la narración principal en la novela de Auster. Están las películas que nieta y abuelo visualizan, las anécdotas de Rose, la historia personal de la vida del escritor que este le cuenta a su nieta en una especie de legado familiar o las historias de violencia que otros le han contado.

Un hombre en la oscuridad es, por tanto, una matrioska total en la que, sobre todo, he disfrutado con el buen narrar de Auster. En cambio, me han parecido excesivas tantas cajitas, pues la novela, en cierto momento, deja de serlo para convertirse en una miscelánea de textos que, si bien, no son incoherentes, sí los percibo como algo descohesionados en el tramo final.

En un momento dado, el mago, que nunca ha dedicado mucho tiempo a leer, comienza a hacerlo y lo hace con buen criterio. Sus favoritos, dice el narrador, eran, por ejemplo, Camus o Faulkner. Leo Un hombre en la oscuridad como un diario de anotaciones de Auster, de sus gustos y preferencias, por el que pasean autores y títulos relevantes que lo han formado como el escritor que es y más allás de eso, como el hombre que le gusta manifestar que es.