El agua se abre al compás de mis brazadas y la observo en su apertura. Nado y miro el elemento por el que avanzo. Observo mis manos mojadas separando el fluído. Con dificultad, intento entender aquello que hago.

En el 40 aniversario de la muerte de Albert Camus leo La caída (La chute, 1956). Recuerdo que cuando estaba leyendo El extranjero, se lo comenté a mi padre y él dijo como para sí: “Qué bien escribía”. Y creo que nadie me habló tan bien de un escritor ni fue tan preciso como él entonces.

Para mí leer a Camus es gozar con la palabra y adentrarme en un pensamiento lúcido, preciso y valiente. Cuando lo leo, me siento, además,  conectada con la historia y la literatura contemporánea, con los escritores para los que es una lectura referencial y con los miles de lectores para los que es un autor de cabecera. Leer a Camus se convierte así en una cuestión cultural.

El narrador protagonista de La caída dialoga en Amsterdam con un trasunto de sí mismo en un monólogo que comprende toda la obra. Capítulo a capítulo va desgranando el porqué de su actual estado y el significado de su profesión, la de juez-penitente. Son las últimas páginas las que nos revelan, en una especie de deducción detectivesca final, las claves del entramado de pensamiento de toda la novela.

A lo largo de las páginas este personaje, que abandona la abogacía para optar por un nuevo camino, entona un mea culpa en el que se reconoce como un hombre que consideraba el halago como el motor de su existencia, comportándose, así, como el más generoso y modélico de los seres en su afán de conseguir la admiración que esto le comportaba. El narrador disecciona cada una de sus actuaciones con una minuciosidad de cirujano. ¿Y qué hace ahora en un antro portuario holandés? Un hecho de su vida anterior le hace replantearse el significado de sus acciones y cínicamente, se convierte en juez de sí mismo para poder serlo de los demás.

En uno de los relatos de El Aleph de Borges, “Deutsches Requiem”, el protagonista, un militar nazi a punto de morir ejecutado por sus crímenes, reconoce que para que la ideología nazi pueda continuar viva son necesarios ciertos sacrificios, entre ellos la propia muerte de sus líderes, la caída del III Reich e incluso el hundimiento de Alemania. No es con su muerte ni con los castigos de guerra con los que el nacionalsocialismo se erradicará, no; la causa es mayor que ellos mismos, de la que son meros peones. Por eso, el militar recibe la muerte con tranquilidad, ya que la sabe relevante y necesaria; no se trata, pues, de una derrota, sino de un triunfo. Bien, cuando leía el final de La caída,  me vino este relato de Borges a la cabeza. El protagonista de la novela de Camus se ve a sí mismo por encima del bien y del mal. Hay mucho regocijo en la plasmación de esta idea, y también mucha frialdad. La asunción clara de la falta de consecuencias, de un después para nuestros actos no deja de admirarme en la obra de Albert Camus. Y no porque lo comparta, sino porque lo plasma con una solidez y una coherencia digna de elogio. Consigue que todo cuadre, que no haya flecos en el camino, sabiendo, además, y de esto habla el propio narrador, lo difícil que es ser consecuente incluso para los pensadores que se confiesan ateos.

Camus, qué bien escribe.