En mi mar de la tranquilidad no hubo calma durante un tiempo. Dejé pasar la temporada de huracanes y ahora el agua ya no está picada. Paso la mano sobre el líquido gris y sólo se ve la estela que dejo, unos segundos, las ondas lo dejan en su sitio;  en un sitio distinto siempre, los cambios dejan una huella.

Botchan (1906), de Natsume Soseki, es uno de esos libros-encuentro que tanto me gustan. Una mujer lo leyó hace tiempo, le gustó y corrió a decírselo a su amiga, que también lo disfrutó; las dos se lo dijeron a otra, que compartió con ellas el gusto por esa lectura; de las tres llegó a mí. En otro lugar, una pareja lo leyó; me los encontré entregándoselo a otro amigo. Norte, sur, Botchan viajando. Una japonesa leía Kokoro, cuando yo leí Botchan me acordé de ella. Oeste, este, Botchan viajando.

Botchan es un muchacho japonés que, después de una infancia marcada por el abandono, comienza a trabajar de maestro en un pueblo remoto de Japón. El año que pasará en el lugar no será fácil para él, pues tendrá que enfrentarse a sus díscolos alumnos, a sus extraños compañeros y a una comunidad con la que, en la mayoría de las ocasiones, no se sentirá cómodo. La rutina de la vida, las tradiciones de inicios del siglo XX, los pensamientos de este personaje singular, el humor provocado por la incomprensión de las circunstancias, el choque cultural y la imaginación del protagonista caracterizan una obra que se disfruta de principio a fin.

¿Qué me gustó de Botchan sobre todo? El tiempo de la lectura. Todos sabemos que hay muchos tipos de libros: con los que aprendes, que te transportan a otras realidades, que te entretienen, que te hacen perder el tiempo, sobre los que vuelves, que te abren horizontes, que te llevan a otros…Una clasificación de lo que las lecturas te aportan sería larga y probablemente poco práctica, si bien siempre terminas un libro haciendo una valoración de este tipo. Si ya la clasificación genérica siempre ha sido un problema teórico importante, clasificar los tipos de libros según lo que te hayan aportado se torna complejo y personalísimo. Pero la sensación que me quedó después de leer Botchan, más allá de su calidad literaria y estilo, es que el tiempo invertido había sido tiempo gozoso. ¿Cómo no estar, pues, agradecida a Botchan?