Los peces de mi mar de la tranquilidad vuelan sobre el agua y desde el aire me miran sorprendidos de que yo nade en ese líquido extraño.

A veces hacemos cosas curiosas, como los protagonistas de los cuentos de El club de los negocios raros (1905), de G. K. Chesterton.

El club de los negocios raros reúne seis narraciones breves protagonizadas por el extravagante juez Basil Grant y narradas en primera persona por su amigo Swinburne. Son cuentos de carácter detectivesco en los que ambos personajes se ven envueltos en situaciones inverosímiles, relacionadas todas ellas entre sí por la pertenencia de alguno de sus personajes a un club que reúne a personas dedicadas a negocios singulares.

Si bien la resolución de los misterios depende exclusivamente de la intuición de Grant y hay un hueco enigmático entre las evidencias y la solución final, lo intangible no deja de resultar absolutamente delicioso. La lectura de Chesterton (“querido Chesterton”, como lo llama una amiga mía) es un verdadero placer, un dejarse llevar llena de felicidad por mundos plenos de imaginación, chispeantes y agudos.

Las rarezas de estos personajes son saludables, como lo es bañarse en el mar en verano. Seres únicos en sus inclinaciones, que, ocultos de la mayoría, disfrutan de sus quehaceres sabedores de su diferencia.

Ahí están los excéntricos, prontos a levantarnos de nuestro adormecimiento y hacernos ver de nuevo que el mundo puede ser, y es,  algo muy muy diferente a lo que estamos acostumbrados.