A veces me quedo flotando en mi mar de la tranquilidad. Sólo escucho los sonidos subacuáticos distorsionados; boca arriba,  el sol no me ciega, las nubes no pasan, el mar no se mueve. Así me dejó Arden las pérdidas (2003), de Antonio Gamoneda, suspendida.

Antonio Gamoneda fue primero para mí un nombre, luego un Premio Cervantes, después una referencia, y por último, una lectura. El orden, ya véis, no siempre está ordenado.

La pérdida es para mí una palabra cercana últimamente. Y como un imán, las pérdidas se atraen, soy más sensible a ellas. El fuego también lo es, y su poso.

Arden las pérdidas es un poemario magnífico, de una coherencia y lucidez plenas. Firme en su estructura, sin grietas, enuncia una idea que es desgranada y amplificada a lo largo de los poemas para concluir en esa misma idea tantas veces reelaborada. No hay duda, sino claridad.  El modelado de un campo asociativo en el que las palabras van construyéndose hasta conformarse en conceptos-cimiento que dotan de fortaleza a la obra: lo incomprensible, la eternidad, la muerte, las sombras, la noche, la imposibilidad, lo invisible…la madre, el olvido.

La voz poética es un visionario que contempla el futuro inminente desde la vejez, tratando de reducir a una esencia tangible lo que de intangible tiene el porvenir. Reducción, reducción a certezas. Reafirmación en el hecho de que la eternidad es la eternidad del olvido.

Hay úlceras en la pureza, vamos de lo visible a lo invisible./ En este error descansa nuestro corazón.

La perspectiva de la vejez es un punto de vista que también me resulta grato. La muerte nos espera a todos, sin embargo el estar en una edad natural de recibirla dota a la voz de una gran profundidad . El pasado es más remoto, la madre, lejana también, el lugar al que volver y la eternidad, una reflexión ineludible.

Así es la edad del hierro en la garganta. Ya/ todo es incomprensible. Sin embargo,/ amas aún cuanto has perdido.