Estos días ha estado nadando en mi mar de la tranquilidad un pez fascinante que inyecta veneno ardiente…un escarapote o faneca brava, Las brujas de Salem (The Crucible, 1952), del dramaturgo norteamericano Arthur Miller.

La primera obra que leí de este autor fue Muerte de un viajante, que también me cautivó en su momento. Más tarde, hace un par de años, tuve la oportunidad de ver la representación de Las brujas de Salem en el Teatro Español de Madrid. Fue mi primer encuentro con este clásico de la dramaturgia contemporánea. Si hubiera cursado estudios en un instituto estadounidense, llevaría en mi maleta la lectura de esta obra;  llevo otras: Lorca, Valle, Buero…Son lecturas que nos conectan con nuestra tradición literaria y que crean un pequeño bagaje que compartir con nuestros contemporáneos.

Las brujas de Salem es, sobre todo, una obra de una fuerza poderosísima y de un estilo bello. El autor gradúa la intensidad de las escenas con una maestría absoluta, conformando los clímax con una claridad y ligereza pasmosas. Los personajes están perfectamente moldeados, humanísimos en sus odios, dudas, venganzas, mentiras, abnegaciones.

El fanatismo y la hipocresía de la pequeña localidad de Salem que conduce a la ejecución de decenas de miembros de la comunidad es plenamente transportable a cualquier época de la historia, al presente, el nuestro, no hace falta ir más lejos.  Los juicios de moral, la exageración y pérdida de perspectiva de la realidad, la cegazón, la frustración e impotencia ante la malinterpretación y falseamiento de la verdad, todas estas situaciones se nos hacen familiares, ya sea como víctimas… o como verdugos.