Al mar de la tranquilidad llegan también botellas de un pasado no muy lejano, traídas por mareas recientes, la marea de Piltrafilla

Este fin de semana me enteré de que las botellas que se lanzan por mis costas llegan a Francia, ¿de dónde proceden las botellas que llegan a Galicia? En este caso de Cataluña, y dentro, como uno de esos barcos construidos en el interior por manos hábiles (no las mías), Viviendo del cuento, de Juanjo Sáez (Barcelona, 1972).

Cómo disfruté leyendo el Diario sobre 10 años de profesión de este joven ilustrador y diseñador gráfico. Y qué carcajadas me eché sola en la cocina (cualquier sitio es bueno para leer). Las risas en soledad son geniales, a veces parece que la carcajada abierta necesita complicidad y cuando me descubro partiéndome o llorando de risa me encanta, porque compruebo lo auténtico que es ese humor que no necesita el acicate de un compañero de aventuras.

Soy fan de los monigotes ingenuos del autor, de su letra infantil, de sus tachones y también de sus faltas de ortografía. Leo con cariño la emotividad que destilan sus textos, sus chispazos de ingenio, la blancura de sus críticas, sus cobardías al encontrarse en un bar con los personajes a los que antes ha acribillado en sus tiras de fanzine. Las referencias a su familia son tan amorosas, que no puedo evitar desear que me encantaría que fuera mi colega (la historia de su yaya y de la relación de esta con la muerte es antológica).

La primera obra que leí de él fue El Arte. Conversaciones imaginarias con mi madre, otro libro altamente recomendable. Agradecí sus explicaciones sobre autores contemporáneos, a los que te acerca de una forma muy sensititiva y didáctica. Ambos libros desmitifican muchos tópicos de nuestra modernidad, de ese mundo de gafapastas que tanto me atrae pero que es tan superficial, esa generación cool tan igual a aquello de lo que quiere diferenciarse.

La sinceridad de una expresión sencilla y amable, que desmonta de un plumazo las apariencias y las frivolidades.