Mi mar de la tranquilidad está poblado por diferentes seres. A algunos de ellos les encanta garabatear en los bares. Piltrafilla Funny Misshapen Body, 2009) es una novela gráfica del estadounidense Jeffrey Brown (Michigan, 1975), publicada en Ediciones La Cúpula.

Nunca fui una gran lectora de comics, de hecho, apenas los leía hasta hace un par de años. Recuerdo, eso sí, los de mi infancia: Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Tintín, Axterix, alguna cosa de Los cuatro fantásticos y con especial cariño, Lucky Luke. Pero después, durante muchos años, me sentí bastante ajena a todo este mundo, tanto que incluso no sabía ni cómo acercarme a él. Ahora que lo escribo…, sí, creo que fue una cuestión de acercamiento. Y de pronto llegó la FNAC a nuestras vidas coruñesas y sus secciones de sírvete-tú-misma y ahí empecé yo a rebuscar en las estanterías sin la mirada inquisidora de un dependiente que juzgara mis ingenuas y vacilantes elecciones. En definitiva, así fue cómo descubrí la novela gráfica y me enganché.

De todas ellas, mis preferidas son las autobiográficas. Y mira que la autobiografía es un género que no me gusta fuera de esto, ¿eh?, pero aquí, sí. Piltrafilla es una novela que habla acerca de la formación del autor, que conecta el gusto de su infancia por los dibujos y el cómic con la elección última de esto como profesión, después de varios tumbos e intentos en el camino de las bellas artes. Su dibujo es sencillo, de apariencia infantil, blanco y negro en viñeta pequeña.

Aunque me gustó y difruté leyéndola, esperaba que me entusiasmara más y no fue así. Por momentos me pareció repetitiva y algo monótona. También algo desordenada, pero eso es algo que el autor ya sabía que me iba a pasar, pues contesta a esto en las respuestas finales a posibles preguntas de los lectores: “Supongo que no estoy intentando contar una historia…”. Y efectivamente lo podemos leer así, como una sucesión de impresiones al hilo de lo que le va dictando su conciencia.

En el capítulo titulado “Sobre pintura”, varios profesores someten la obra del protagonista a una crítica en la que le interrogan, entre otras cuestiones, sobre el tamaño y el color de sus creaciones: ¿por qué no más grande? ¿por qué no más color? Y él sigue dibujando pequeño y en blanco y negro. Nuestras apreciaciones, ¿hasta qué punto son constructivas?, y si lo son, ¿qué intentamos construir? Creo que tendemos a hacer que el otro imite lo nuestro, porque es lo que conocemos; a veces nos asusta vislumbrar en el otro una originalidad que no poseemos y darle carta blanca para que la desarrolle, porque eso supone reconocer que aquel puede caminar solo. Y en esto último está la verdadera maestría, ¿no? Dar independencia y quedarte en el camino. O para que no sea tan triste, en otro camino.